Por Alejandro De Barbieri. Psicólogo, docente y comunicador.

Nos pasamos el día corriendo de un lado para otro, nos levantamos corriendo, como en esas series americanas en las que el protagonista sale a la calle, con la taza de café caliente apurado para subirse al auto. Siempre apurados. Corremos con prisa para llegar al trabajo, para rendir, para ser buenos y efectivos en lo que hacemos. Corremos para salir del trabajo y llegar a tiempo a buscar al niño a la escuela o a participar de alguna actividad que apenas podemos disfrutar porque ya estamos pensando en lo que tenemos que hacer una hora después. Corremos para llegar a casa a tiempo para descansar y comer despacio. Solo que al ritmo al que venimos, tanto nosotros como nuestros hijos, el “despacio” nunca llega y nos arrastramos y empujamos entre todos.

Estas corridas y prisas no nos dejan disfrutar el presente. Como afirma Barry Schwartz, “nunca estamos presentes en el presente, si estamos trabajando estamos pensando debería estar con los niños, si estoy en casa con los niños estoy pensando debería estar haciendo ejercicio y cuando estoy haciendo ejercicio, pienso debería estar trabajando…”.

Este no estar en el lugar en que estamos, nos hace vivir de “cuerpo-presente”, sin poner el alma en lo que hacemos, o quitándonos la poca alma que nos queda cuando salimos del trabajo. Afirma el filósofo español Carlos Díaz Hernández: “Hay gente que se pasa la vida haciendo cosas que detesta para conseguir dinero que no necesita y comprar cosas que no quiere para impresionar a gente que odia”.

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